Dulce fruto de una traición

Dulce fruto de una traición

Texto: Melissa Kuris
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Italia es una tierra que gastronómicamente se caracteriza por su pizza, helado y su vino. Una visita a sus pagos no puede nunca estar completa si no se prueba, aunque sea, una copa de su más conocido elixir. A pesar de no ser los inventores de la bebida, Italia tiene una historia que narra el origen de su ingrediente principal en sus suelos.

Cuenta la leyenda que hace mucho tiempo, la parra era una planta que no tenía ningún fruto que la adornara. Un día, cansado del espacio perdido en su campo a causa de la planta estéril, un campesino decidió erradicarla cortando todas sus ramas.

La vid, destrozada, lloró desolada ante la mutilación que sufrió. Pero aunque la tristeza la invadía por completo, no fue capaz de producir siquiera una lágrima que demostrara su angustia. Sus sollozos o suspiros no fueron suficientes para alertar a los otros seres de la naturaleza sobre la aflicción que la consumía pues estos estaban demasiado ocupados escuchando el exquisito canto de un ruiseñor.

Desconsolada, la planta atendió al cantar que atraía a todos los que la rodeaban. La melodía la dejó tan extasiada que la creyó la solución a su problema: si el ruiseñor la ayudara a llorar, sus hojas volverían a crecer y ella volvería a vivir. Con el propósito en mente, convocó al ave a acompañarla en su maniobra.

El ruiseñor, criatura inocente y de un corazón puro y solidario, aceptó sin hesitar y durante varias noches se posó en la vid para soltar una de las más sinceras melodías jamás escuchadas por la flora o fauna de la región. El mundo hacía silencio cada vez que las notas invadían el ambiente y su perfección era tal que ni las estrellas podían evitar las lágrimas que derramaban.

Contra todo pronóstico, la vid comenzó a crecer nuevamente. Las hojas nacieron tímidamente en su tronco y la felicidad colmaba cada centímetro de su ser. Cada noche, con las canciones del ruiseñor invistiéndola de fuerza, ganaba más ramas, más hojas, más vida.

Pero recuperar su esplendor no fue suficiente. La parra quería sobresalir, ser el objeto de atención y admiración de todos por haber logrado renacer. Una noche, cuando el ruiseñor se posó sobre ella para volver a cantar, la vid lo atrapó con sus ramas creando una jaula de la que no podría escapar.

Traicionado, el ruiseñor murió junto a la planta a la que inocentemente había llenado de vida. Las estrellas, testigos del trágico incidente, decidieron homenajear a la pobre criatura. En el lugar donde su cuerpo sin vida descansaba, comenzó a surgir un fruto rojizo que imitaba la tonalidad de su plumaje: una fruta capaz de cautivar a todo el que la probara con su melódico y dulce sabor; una uva llena de amor, homenaje y armonía.