Hermanos hasta la muerte

Texto: Melissa Kuris

Hace ya muchos años, en la comarca de Arroyo de Achar, en Tacuarembó del Uruguay, vivían dos hermanos de una valentía y generosidad tan inmensa que incluso en su muerte no cesó. Crecieron lado a lado, jugando cuando niños y trabajando ya de grandes, siempre juntos. Hasta que un día, los hermanos se enamoraron de la misma mujer.

La hija del puestero era una hermosa joven que a todos encantaba. Coqueteaba con varios, pero no esperanzaba a ninguno. Los hermanos no pudieron evitar sentirse atraídos ante esta mujer de una hermosura tal que competía con las mismas diosas, pero nunca se confidenciaron ese secreto.

Ella, que no se cansaba de recibir las atenciones de ambos jóvenes, los seducía con sus gestos, miradas y palabras apasionadas. Su amor parecía estar dividido entre ellos y no lograba elegir solo a uno. Pero una noche, el más decidido de los dos montó su caballo y fue a buscar a la muchacha, con quien partió sin rumbo para tener una vida feliz.

Cuando el otro hermano se dio cuenta de lo que había pasado, salió en su propio caballo a perseguir al traidor que él creía, se había llevado a su mujer. Los encontró en el Paso del Arroyo de Achar y, con un grito encolerizado, se bajó del animal a la par que su hermano hacía lo mismo.

—¡Me robaste! —gruñó, con sus manos apretándose en puños.

—No pensé robarte nada, hermano, pues creí que ella era mía —contestó tranquilamente el otro—. Ella será la que deba decidir con cuál de los dos quedarse.

La joven sonreía con nerviosismo, sin saber qué decir. La tensión fue llenando el ambiente hasta que los dos hermanos, en movimientos idénticos y casi automáticos, sacaron los cuchillos de sus vainas y se atacaron el uno al otro.

Ante la escena, la muchacha profirió un grito desgarrador que lo único que logró fue obtener la atención del caballo que, asustado, salió galopando con ella a cuestas. Solos, los hermanos lucharon, hiriéndose gravemente y por igual.

Tendidos en el suelo, antes de que el último aliento abandonara sus cuerpos, entrelazaron sus manos pidiéndose perdón. Yacieron, juntos, en charcos de sangre similares hasta que los vecinos del pueblo los encontraron y enterraron en ese mismo lugar, frente a frente, sin separarlos.

Sus tumbas se convirtieron en lagunas que con el tiempo crecieron hasta formar las hoy conocidas “Lagunas de las Maletas”, separadas por un brazo de tierra que nunca se cubre de agua en una especie de honra de la naturaleza hacia esos jóvenes cuyas manos entrelazadas yacen varios metros por debajo en un símbolo eterno de amor y perdón.

La joven por cuyo amor se pelearon se suicidó, días más tarde, en el lago principal al comprender el daño que su coquetería había causado. Se dice que incluso ahora, varios años después de la tragedia, se puede escuchar en las noches de Viernes Santos el gemino que emitió antes de caer en las profundidades del agua.