La bella y la bestia

La bella y la bestia

Texto: Manuel Migoya
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La Francia medieval era un territorio peligroso plagado de monstruos que se dedicaban a aterrorizar poblados, comer niños traviesos y secuestrar bellas princesas. Y, en general, eran los valientes caballeros armados los encargados de combatirlos con honor. Pero no fue así en el caso del famoso monstruo llamado Tarasca.

Cuenta la leyenda que un pequeño poblado llamado Tarascón vivía bajo el yugo opresor del miedo a esta criatura terrorífica. Plantado sobre seis gruesas patas culminadas por garras asesinas, con una imponente melena de león adornando su ancho cuello y potentes hombros, una temible mandíbula repleta de largos y afilados dientes y un tremendo caparazón coronado por puntiagudas espinas en su espalda, Tarasca parecía salido de la pesadilla más oscura. Como si fuera poco, poseía una larga cola bípeda que usaba hábilmente para la batalla.

Los aldeanos habían perdido ya toda esperanza de abatir a la criatura que asediaba sus hogares cuando escucharon rumores alentadores. Al parecer, en un poblado vecino, unos viajeros habían llegado portando la palabra y el poder del Señor. Sin otra opción a la vista enviaron mensajeros a buscarlos. Unos días después llegaron al poblado pero, al verlos, la desilusión invadió el corazón de los habitantes.

Tan solo una hermosa y tranquila mujer llamada Marta, ataviada con un vestido blanco venía a enfrentar a la bestia. Los pueblerinos, angustiados, observaron impotentes como esta bella dama se internaba en el bosque hacia lo que parecía una muerte segura. Tiempo después feroces ruidos provenientes de la guarida de Tarasca parecieron confirmar los temores de la pobre gente. Pues no cabía esperar otro destino para una mujer que se arrojaba sin más armas que su fe, su templanza y un vestido blanco contra la bestia más temible jamás imaginada.

Los rugidos aumentaron y el pueblo comenzó a temblar. Los aldeanos corrieron asustados a refugiarse en sus endebles moradas. Pero en unos momentos todo terminó. De a poco fueron saliendo a las calles. Pronto el miedo cedió su lugar al más profundo asombro. Por el sendero del bosque venía la bella mujer de blanco acompañada de Tarasca, a quien traía plácidamente atada de una cuerda. La bestia lucía calmada y seguía las órdenes de Marta.

Al llegar al pueblo, los aldeanos, luego de superar el temor inicial, descargaron su ira contra la ahora indefensa bestia atacándola con dagas, palos, piedras y espadas hasta darle muerte. Mientras tanto, Marta suplicaba por la vida de la criatura, mas fue en vano.

Más allá del final sangriento, la historia se propagó rápidamente por el territorio y Marta fue luego proclamada santa.