La escalera al cielo

La escalera al cielo

Texto: Manuel Migoya
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Un matrimonio lleva a su pequeño niño a paso rápido por entre las pequeñas y atestadas calles de un barrio comercial. Al fin, luego de cruzar lo que solo un ojo generoso puede clasificar como una avenida, divisan el singular edificio al que se dirigen. Casi fuera de lugar en ese barrio, emerge de entre los apretados negocios de repente, sorprendiendo con su pesado aire de paz.

El niño está asombrado, parecieran estar a punto de entrar a una de esas naves espaciales que pueblan sus fantasías y no a visitar a un abuelo que nunca conoció. Sus pequeños ojos rasgados se mueven a toda prisa, intentando capturarlo todo antes de que la frenética carrera a la que lo someten sus padres los lleve al tercer piso.

Allí, en el núcleo del edificio entran a una sala donde la fascinación del pequeño llega a niveles ya inadecuados para la seriedad que requiere la ocasión. La madre lo toma fuerte del brazo y lo apreta contra sí en un gesto de reto discreto que su hijo ya hace mucho aprendió a respetar.

Las paredes de la sala están pobladas de pequeños y brillantes rectángulos azules con la imagen de Buda en el centro. El padre, mientras tanto, saca una tarjeta y la inserta en un lector. Casi instantáneamente uno de esos rectángulos, abajo a la izquierda, se baña de luz dorada y se abre. Sí, se abre hacia el frente, dejando al descubierto su preciado contenido: los restos sin vida, cremados, del abuelo.

Luego de visitar a su antepasado en el osario, que llega hasta el tercer piso por el núcleo del edificio, la familia podría seguir aprovechando su estadía en este templo futurista. Un piso más arriba, una impoluta habitación de paredes blancas no paralelas y con un techo que llega a los 8.7 metros podría funcionar para calmar al niño. Llamada “Kuu-no-Ma” (Sala del vacío) está diseñada especialmente para disminuir los ruidos a niveles increíbles. Fue una idea del arquitecto Takeyama que rápidamente convenció al jefe de la Orden.

En el quinto piso está el “Nyorai-Do”, algo mucho más tradicional. Es una sala con bancos para los oyentes y una estatua de Buda en la pared del fondo. Aunque también puede alojar conciertos y fue pensada con la acústica como prioridad. Y en otro piso hay una galería de arte budista con obras proverbiales.

En definitiva, este templo, llamado “Shinjuku Rurikoin Byakurengedo” fue pensado y diseñado por el arquitecto Kiyoshi Takeyama -con apoyo de Toyota Industries- como una solución para uno de los grandes problemas de Japón: la falta y el elevadísimo precio del espacio para enterrar a los muertos (puede llegar a los US$100.000). Por eso, este fantástico templo budista está enclavado en un barrio comercial donde parece más un objeto extraterrestre que un lugar de respeto y adoración, y es, según muchos, una verdadera escalera al cielo.