Pactando con el Diablo

Texto: Melissa Kuris

En el centro histórico de Quito, Ecuador, se erige uno de los santuarios más bellos que hay en el lugar, la Iglesia de San Francisco. A pesar de destacarse por su tamaño y belleza, su fachada no es lo único llamativo: la historia de su creación le da otro tinte interesante.

Según cuenta la leyenda, los monjes franciscanos le encargaron a un indio llamado Cantuña que construyera la iglesia. El plazo establecido para su finalización era de seis meses y su incumplimiento haría que Cantuña fuera encarcelado.

Sin perder tiempo, reunió un equipo de indios para que lo ayudara y empezaron la edificación. Pero los meses fueron pasando y Cantuña se desesperaba cada vez más porque sabía que no lograría terminar. En la noche previa al plazo de entrega, cuando todas las esperanzas parecían perdidas, Satanás visitó al indio para hacerle una propuesta: terminaría de construir la iglesia a cambio de su alma.

Desesperado, Cantuña aceptó, pero con la condición de que al amanecer, hasta la última piedra del edificio debería estar ubicada en su lugar. Con una sonrisa socarrona, Lucifer aceptó ese término y en el medio del santuario invocó a sus demonios para que ayudaran en la construcción.

La angustia del indio crecía al ver como con cada minuto que pasaba, más y más piedras eran ubicadas. Cuando los gallos cantaron, el edificio estaba terminado y el Diablo vino a llevarse su recompensa.

Antes que pudiera hacer algo, Cantuña sacó de debajo de su poncho un ladrillo que había quitado mientras los demonios no le prestaban atención y le mostró que el trato no había sido cumplido ya que una piedra no había sido colocada. Satanás, viendo que había sido derrotado por un simple mundano, se retiró a las profundidades del infierno y el indio pudo conservar su alma.

Es hasta el día de hoy que cuando niños y adultos van a esa iglesia buscan el lugar de la piedra perdida que salvó a Cantuña. Dicen que si se busca con atención, se puede observar el hueco en una de las canaletas de la iglesia.