San Telmo a corazón abierto: un paseo por el barrio

San Telmo a corazón abierto: un paseo por el barrio

Texto: Manuel Migoya
Foto home: elviajerofeliz.com

La Ciudad, cual telaraña, se extiende en intrincados pasillos hasta fundirse, casi sin notarlo, con el verde de los campos. Recorrerla, desde afuera hacia su centro, puede asemejarse a un viaje en el tiempo; cada época fue dejando su sedimento, compuesto de ladrillos y recuerdos. Pero toda telaraña tiene un origen, el lugar desde donde, con infinita paciencia, incontables personas edificaron la inmensa estructura. El corazón de Buenos Aires, donde mejor se siente su pulso, es sin dudas San Telmo.

Más allá de ser la zona de la Segunda Fundación de la Ciudad (y quizás de la primera), su cercanía al puerto del Riachuelo la convirtieron en el primer destino de muchos de los inmigrantes que arribaron al país. Una a una, cada oleada migrante hizo de este su hogar. Los españoles dejaron su rastro colonial característico, patente por ejemplo en el interior de la Iglesia de San Pedro Telmo -cuyo exterior se considera neocolonial- o en la famosa Manzana de las Luces.

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Retratos de San Telmo, fuente: http://culture.oasiscollections.com/

Luego fue el turno de las acaudaladas familias porteñas, quienes se dedicaron a construir pomposas residencias de variados estilos hasta casi fines del siglo XIX. Aunque eso habría de cambiar. La arrolladora ola inmigratoria lo invadió todo y, para colmo de males, la peste azotó la Ciudad. Los ricos se fueron y los pobres aprovecharon sus despojos. Hicieron de sus bellas mansiones atiborrados conventillos. Fue entonces, ya a principios del siglo XX, que la zona adquirió esa personalidad tan característica que no habría de cambiar jamás. Conventillos, tango, malevos, burdeles, desmadres de puerto, en fin, un auténtico cambalache.

Sin embargo, sería errado decir que solo españoles, italianos y algún que otro turco dieron al barrio su carácter distintivo. Como puerta de entrada al país entero, San Telmo se nutrió de innumerables culturas, personas de todo el mundo que dejaron aquí su huella. Desde los primeros negros que, como esclavos, acompañaron a los españoles y cuya música sería pilar del tango, hasta los dinamarqueses que establecieron aquí su hermosa iglesia neogótica luterana.

FERIA Y OTROS ATRACTIVOS

San Telmo es el corazón de la Ciudad, no solo por su historia sino también por su presente. Pues sigue siendo la máxima expresión del cosmopolitismo porteño. Y caminar un domingo por la Feria Artesanal de la calle Defensa es un buen comienzo para conocer el barrio. Primero, imposible obviar la inmensa cantidad de turistas de todo el mundo que se dan cita aquí para escuchar un poco de tango y averiguar quizás algo de lo que hace de esta ciudad un lugar tan especial. Puede uno oír hablar simultáneamente el inglés, portugués, alemán, hebreo, japonés y un largo etcétera de otras lenguas.

Por su pintoresco cuadriculado de calles empedradas, los extranjeros pueden visitar lugares tan tradicionales como la Pulpería Quilapán, que supo ser, entre otras cosas, también un conventillo. Similar es el caso de El Zanjón de Granados, que además funciona como museo -con precio descuento para locales-, o de El Federal, una esquina con más de 150 años de historia.

ACTUALIDAD HISTÓRICA

También se dejan ver rastros de las migraciones recientes. Pues muchos de los venidos de países limítrofes han hecho de San Telmo su lugar. Buscando un lugar cerca del centro y a la vez tranquilo, son numerosos los peruanos, bolivianos y paraguayos en la Feria. Como en cualquier otro barrio, se los ve trabajando en verdulerías y supermercados chinos, aunque no falta la oferta gastronómica peruana, siempre destacándose por su variedad de ingredientes.

Y bien al estilo Buenos Aires, el turista puede comer allí, caminar unas pocas cuadras y encontrarse con la Iglesia Ortodoxa Rusa y su arquitectura característica, y aún caminar otro poco y apreciar la Iglesia Sueca/Nórdica y sus motivos náuticos. Aunque para esto ya pasó por el Museos de Arte Contemporáneo y el de Arte Moderno de Buenos Aires. Eso siempre que no haya decidido cambiar la comida peruana por una árabe en Habibi sobre Humberto 1°, a pocos metros de la Plaza Dorrego.

Puede el viajero pasar, vertiginosamente, los siglos de la historia porteña, del más remoto pasado a las más novedosas expresiones del arte, de la cultura fundadora hasta las más recientes en arribar al puerto.

Y es seguramente por todo esto que ya no es solamente el lugar donde paran aquellos que vienen buscando trabajo. No son pocos los turistas que extienden su visita indefinidamente atraídos por el agridulce encanto de San Telmo. Un sitio donde florece la cultura bohemia, donde el arte trepa las paredes de los edificios, a cuyos pies duermen borrachos y vagabundos. Donde puede ser peligroso caminar por una calle oscura, aunque la aledaña este repleta de personas. Casas tomadas junto a palacetes refaccionados. Venta ambulante frente al local de Pallarols.

Máxima expresión de ese rejunte porteño que arrima al rico con el desamparado y los hace compartir una vereda. San Telmo representa esa confusa contradicción entre un presente con cada vez más ansias de futuro y el estático pasado sobre el cual se desarrolla y que no quiere olvidar. Lo nuevo y lo viejo, lo lindo y lo feo. Todo junto, mezclado y en armonía.