Una Canción Coreana: migrar es eso que pasa en un restaurante del bajo Flores

Una Canción Coreana: migrar es eso que pasa en un restaurante del bajo Flores

Texto y fotos: Gabriel Costa

“Oh, ¿primera vez en Canción Coreana? Adelante, adelante”, invita una señora delgada y alta, muy amable. El cálido ambiente que aparece a su espalda se presenta con formato de restaurante étnico, pero el lugar va mucho más allá: consigue sintetizar la migración de toda una colectividad en Buenos Aires, guiada por una exquisita experiencia gastronómica.

Una vez en la mesa, se percibe una decoración precisa y ordenada, espacios impecables. Los comensales que llenan el lugar no se sorprenden ante la mirada curiosa de un primerizo. Son varios los argentinos que llegan, muchos de ellos quedan retratados en las fotos que luego se subirán en Facebook. Y si bien este mediodía hay mayoría coreana, el idioma que sobrevuela es una mezcla, signo de una continuidad en las generaciones, en la integración.

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Comensales degustan las exquisiteces que aparecen en el menú.

El menú explica los ingredientes de cada plato y su correspondiente historia, acompañan imágenes. Si aún quedara alguna duda, los mozos se acercarán para ayudar. “Los argentinos suelen pedir el bulgogi, no es picante”, comenta el mozo, de impecable camisa y cálidos movimientos, todo en un leve acento peruano, otro rasgo de mixtura en el barrio.

Me dejo guiar por la sugerencia encubierta. Pero primero llega el pamcham, la entrada de cortesía: tres platitos con kimchi de achicoria, repollo y nabo agridulce, más otro platito de arroz, que sirve para mezclar y reducir el efecto del picante. Me ofrecen tenedor y cuchillo, pero logro un buen desempeño con los palitos. El plato principal llega en una cazuela: incluye carne con fideos transparentes de arroz de batata, cebolla de verdeo y sésamo, entre otras especias que no logro identificar. Sabores intensos. Exquisito. Da la sensación de estar comiendo en el comedor de casa.

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Bulgogi con carne. Plato solicitado por los argentinos.

Sobremesa de descubrimientos

“¿Sabes el secreto de por qué no hay carta de postre?”, pregunta la mujer que abrió más temprano la puerta. Mi silencio da lugar a su respuesta: “Con el almuerzo ya concluyó, no hay necesidad de seguir comiendo”. Si bien en el restaurante mantienen esa tradición, incorporaron la posibilidad de pedir té.

La mencionada mujer es Ana Chung o Chung Anna, si lo pronunciamos de la última forma en coreano. También puede ser An-Ra Chung. De cualquier manera, ella es la figura de Una Canción Coreana, incluso del documental homónimo que refleja su historia de vida, y que se proyectó hasta el sábado pasado en el Cultural San Martín.

Llegó a la Argentina en 1983 junto a su familia, que regresó a su tierra luego de 5 años en el país. Ella, en cambio, decidió quedarse por un novio que tenía. Aquí estudió psicología y abogacía, pero dejó el CBC porque creía que debía mejorar en el idioma.

¿Cómo se define? “Somos inmigrantes, es otra cultura, ni de allá ni de acá. Eso tiene una ventaja: aceptamos ambos lados”, cuenta. ¿Dónde se imagina viviendo en el futuro? “Me quedó acá, es un estilo distinto de vida coreana”, dice y suelta una sonrisa que envuelve su rostro, que contagia alegría.

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Anna, en la puerta del restaurante. Contagia alegría con su sonrisa.

Donde ahora funciona el restaurante, antes existía un bazar que Anna atendía. Al nacer tuvo un problema en la garganta que la llevó al borde de la muerte, pero sobrevivió, hizo 30 años de conservatorio y fue cantante lírica. Actualmente, también es profesora de música en el coro de un colegio del barrio. Por las mañanas visita el mercado central para conseguir los insumos del local. “Mi madre, Seung Ja Joo, es la cocinera”, cuenta y luego explica que, en su cultura, “madre” significa “suegra”. En tanto, el término “mamá” lleva el mismo significado que el que utilizamos nosotros.

La charla es reflejada en fotos. Las toma Víctor, el marido de Anna. Por ser el hijo mayor de su familia, la tradición indica que Víctor debe vivir al cuidado de su mamá, junto a su mujer. Es ingeniero electrónico, egresado del ITBA, ayuda en el restaurante pero la mayor parte del día la dedica a su consultora de negocios.

“Ya no vienen más coreanos a la Argentina y son pocos los chicos que viajan a estudiar”, explica. En tanto, Sara y Esteban, los hijos que tuvo con Anna, saben hablar la lengua de sus padres y conocen la cultura, pero están integrados en la sociedad argentina.

El restaurante concentra en un mismo lugar historia y actualidad, la pasión por llevar adelante un gran esfuerzo familiar, los sabores de recetas caseras. Y todo se transmite una atmósfera de cordialidad, sazonada por un hilo conductor migratorio.

Anna vuelve a abrir la puerta, ahora para despedirse. Se presta para algunas fotos, agradece la visita y aprovecha: “No se olvide, mire el documental, le va a gustar”.

>> INFO
Una canción Coreana: Avenida Carabobo 1549, Flores
Comida tradicional coreana
T: 11 4631-8852

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Buen provecho!

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