Una experiencia senegalesa de fin de Ramadán

Una experiencia senegalesa de fin de Ramadán

Texto y fotos: Gabriel Costa

Un bocinazo tachero interrumpe el caminar zombi de un joven obnubilado en su celular. Pasa el auto, abre el semáforo y ahora sí avanza el peatón, que vuelve a detenerse metros después tras no poder adelantarse a un grupo de al menos 5 hombres de contextura enorme y piel oscura que atraviesa Corrientes para seguir sobre Callao, en dirección hacia el Bauen.

En el ingreso al hotel aparecen otros grandotes que dialogan contentos, sonríen, parecen reencontrarse. La cantidad de personas aumenta en el interior, donde un aire de festividad conduce hasta la puerta del salón principal. Un desparramo de calzados de todos los colores, variedades y talles posibles frente a ella anticipa una característica particular de celebración.

Allí, a metros de una de las esquinas neurálgicas de la Ciudad, la colectividad senegalesa festeja el sante serigne saliou (fecha religiosa para el país) y el korité, fin del Ramadán, el noveno mes del calendario musulmán, conocido principalmente por ser el período en que sus devotos practican el ayuno diario desde el alba hasta que se pone el sol. Pero este viernes 17 de julio es hora de celebrar, de agradecer, de rezar y de comer…

Una gran variedad de calzados aparecen desparramados frente a la puerta del salón. Sobresalen, en amarillo, los tradicionales marakis.

Bienvenido

El festejo comenzó a las 9 con rezos, cantos y comida, acompañado por una gran cantidad de compatriotas. Muchos abandonarían el salón para ir a trabajar, aunque lentamente el panorama recuperaría su situación inicial hacia las 19, hora del 4° rezo del día.

No hay que pagar para ingresar, tampoco cubierto, ni derecho al espectáculo, pero se puede colaborar aportando en la mesa de entrada. Otra opción es depositar una suma de dinero en la Adiya – Mame Diarra, una caja multicolor que la colectividad tiene para ahorrar y luego llevar a Senegal a modo de donación. Bayedam, el flaco encargado del cofre artesanal ahora apoyado sobre una silla, agradece cada gentileza con una enorme sonrisa.

En la Adiya – Mame Diarra los senegaleses aportan dinero para enviar a Senegal.

Dentro del salón se distinguen 4 divisiones. Hacia la derecha, un sector reservado para aquellos que desean rezar, leer el Corán y agradecer a 4 personas que descansan sobre los únicos sillones en el lugar: son Magal de touba, los descendientes de Cheikh Ahmadou Bamba-M´Back, el gran guía musulmán senegalés.
Más hacia el medio, un grupo de 10 personas forma una ronda con micrófonos que sobresalen de una tarima improvisada. Practican zikraou lah, es decir, cantan al nombre de Alá. Mientras tanto, a su lado una centena de hombres conversa, medita, comparte el tiempo con sus pares. Los tres sectores mencionados acompañan las actividades sentados sobre el suelo, apoyados sobre mantas, a las que se puede acceder únicamente descalzo.
Finalmente, sobre el extremo izquierdo, detrás de una cinta divisoria, aparece un grupo de mujeres que conversa, comparte la comida, juega con los niños.

El salón se divide en 4 espacios: para rezar, para cantar, para compartir un momento entre compatriotas y el sector para las mujeres.

Cada hueco del salón está decorado con guirnaldas, luces navideñas, imágenes de santos y banderas escritas en algún dialecto árabe. En cada rincón sobresalen ritos y una espiritualidad profunda. Todo al mismo tiempo, todo en un gran ruido organizado.

Comida

Entre las infinitas variedades de sabador (ropaje tradicional de los hombres) que se perciben en el lugar, se puede distinguir una única uniformidad: son los Dairasergne-saliou, organizadores del encuentro, que deambulan de un lado hacia el otro envueltos en unas mantas cuadrillé de color blanco y negro ofreciendo, en cualquier momento del día, café y maní.  Siempre encontrarán un comensal que se sirva a gusto.

Otro de los platos que ofrecen es el ThieBou – Dieune, uno de los típicos de la gastronomía de  Senegal. Es una mezcla de arroz amarillo con especias, pescado y verduras a la cacerola; se desprende un sabor picante que habrá que calmar con té verde, otra costumbre.

Moustafa come el exquisito ThieBou – Dieune.

Al rato aparece una bandeja con tandarmas, son ciruelas acarameladas; suelen comerlas durante el Ramadán. También ofrecen begne, unos bocaditos fritos de maíz. El plato principal llegará luego de las 24: corderos asados acompañados de papas. Un detalle: todos los hombres comparten, no hay mesas ni sillas asignadas, cada uno en el espacio que encuentra.

Mujeres

“Vinimos a acompañar a nuestros maridos, la estamos pasando muy bien”, cuenta Fátima Diop. A su lado la acompañan Kady, Nancy, Lucía y Rosana, todas argentinas casadas con senegaleses. Cerca de ellas, Merci y Marianma dan de comer a sus hijos.

“Dentro de 2 meses y 10 días volveremos a encontrarnos en Abdul Tabaski, la fecha en que se conmemora la muerte de Ismael, hijo de Ibrahim”, cuenta Fátima. ¿Qué día del calendario romano? “No hay fecha exacta, depende de la luna”, explica.

Merci y Marianma, entre los festejos por el fin del Ramadán.

Al sector reservado para mujeres se unen más tarde Sokhna, Saphir, Marti y Urban, entre otras senegalesas. Son altas, cutis perfecto, con maquillajes de tonos fuertes sobre labios y párpados, llevan vestidos de gala rojos, azules, algunas con zapatos de taco alto, otras con chatitas. Abundan los colgantes dorados, las carteras con brillos, la bijouterí. Todas lucen unos pañuelos tradicionales blancos o de variados colores que resaltan la elegancia de las raíces africanas. Pasa algún hombre cerca, hace un comentario que gana una sonrisa, saludan con la mano.

Sokhna, Saphir, Marti y Urban lucen atuendos tradicionales senegaleses.

Ganas de volver

Moustafa tiene 34 años, es de Darougaye, un pueblo pequeño que vive de la agricultura, a 200 km de Dakar, pero desde hace 2 años vive en Buenos Aires, es comerciante de bijouterí en Martín Coronado. “Sentate vos, sos el invitado”, dice en un castellano que todavía cuesta aparecer con fluidez.  Por eso, desde hace algunos meses asiste a las clases de español que se dictan en el Centro Cultural Alcarajo, en el barrio de Almagro. “Soy solo, para hacer trámites y vender hay que saber manejar bien el idioma”, cuenta convencido y luego reparte entre sus compatriotas algunos flyers donde se anuncian las clases.

Cuesta escucharlo, de fondo siguen los cánticos. De pronto, un grupo de 20 personas levanta las manos y hace unos chasquidos al aire. “Es porque les gusta lo que cantan. No se aplaude, se hace así con las manos”, explica Mosutafa rozando el dedo pulgar contra el anular. Algunos se acercan y lanzan billetes a los artistas. “Es como en el subte, si te gusta le das unos mangos y los ayudás”, agrega.

Llega el momento de rezar a Alá, manos pegadas al pecho, palmas hacia arriba. Silencio. Murmullo indescriptible. Silencio. Minutos después, mirada perdida en el infinito, Moustafá  deja escapar una sonrisa nostálgica y se confiesa: “Sí, estas fiestas te dan ganas de volver”.

Tal vez sea un buena ocasión para otra ronda de café.

Sensaciones

La jornada avanza, son las 22 y el salón ahora sí está repleto. “Qué alegría verte por acá, bienvenido”, me saluda Ndathie Moustafa Sene, presidente de la Asociación de Residentes Senegaleses en Argentina (ARSA), vestido en impecable sabador blanco, incluido marakis, los zapatos tradicionales de cuerina en punta. A su lado pasa un compañero con thiouray, incienso que se usa para aromatizar el ambiente. La tradición dirá que es bueno para ponerlo debajo de la cama y ayudar en las relaciones conyugales.

El reloj marca las 19, hora del 4° rezo del día.

Salam alaikum, me dirán varios hasta lograr comprender que significa “hola” en wollof, el idioma oficial senegalés. Saludan con un apretón de manos y, en señal de respeto, luego se la llevan hasta tocar el dorso con su frente. La otra persona retribuye.

Gora, un presentador que se dirige a la multitud, habla de las bondades de ayudar, de trabajar, de convivir en paz, según me traducen; djarama, digo para agradecer. Se respira un aire de festejo, de esperanza, vuelven a aparecer algunos chasquidos en el aire.

“¿Quieres maní?”, me ofrece Abdul, ex jugador de básquet. “Ey, Conventillo Babel”, saluda Moktar con un abrazo. Varios cargan con el cruz, tradicional rosario musulmán. Otros llevan un ndielou colgado, una especie de cajita que utilizan para guardar un mini Corán. “Es una tradición de los más viejos”, explica Cheik, que se une a la charla con su sonrisa contagiosa.

Siguen los cantos y aparece otra ronda de comida, pero el festejo lentamente va llegando a su fin. Corretean niñas con su tradicional pelo mota, lleno de colitas multicolores. “Me llamo Deborah, qué hacés”, me pregunta intrigada una pequeña que mira el anotador con ganas de jugar, mientras se esfuerza para mostrar con los dedos que tiene 2 años. Se anima y garabatea unas líneas en el papel que luego mostrará y explicará orgullosa desde su imaginación: “Mirá: sol, zapatos, mamá”.

 

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