Virgen de Caacupé: crónica de una jornada de festejo en la Villa 21-24

Virgen de Caacupé: crónica de una jornada de festejo en la Villa 21-24

“Acá pibe”, me dice el chofer del 188 mirando por el espejo retrovisor. “Acá es Perito Moreno y Alcorta”, precisa. Agradezco el gesto y al bajar me encuentro un cruce de avenidas ancho, despoblado, gris. En la puerta de la estación de servicios cerrada que está en la esquina, una mujer me mira desconfiada. “¿La villa? Para allá, son un par de cuadras”, estira el cuello mientras explica en una voz curtida: “Caminá, no pasa nada”.

Camino, me adentro en la villa 21-24 de Barracas, entre Nueva Pompeya y Parque Patricios. Es lunes 8 de diciembre, feriado, 7.30 de la mañana. Camino y alcanzo a una mujer de ambo que lleva un paso cansado delante de mí. De pronto, lo inesperado. “¿Sos el nuevo?”, se detiene la mujer y me pregunta. Luego deja escapar una sonrisa y sigue: “¿Primera vez que venís? Te escuché preguntarle al chofer por la calle”. Le digo que sí, que voy hacia la Parroquia y enseguida llega la invitación: “Voy para aquel lado, así que dale, vamos juntos”.

Me cuenta que se llama Lorena, que le falta poco para recibirse en la licenciatura en enfermería que estudia en el Borda y que ahora vuelve a su casa luego de una guardia de 12 horas en el Gutiérrez. “Es difícil, pero tengo ganas de conseguir una casa en otro lado; tengo un hijo de 10 años y no es bueno que se críe acá adentro. Además, si en el CV ponés que sos de la villa se complica conseguir un trabajo”, me cuenta en tonada paraguaya. “Hace 8 años que estoy acá, se extraña pero ya no vuelvo -explica-. Somos una comunidad muy grande donde se mantienen las costumbres. ¡Hasta se consigue mandioca!”

Hacemos un zigzag entre algunas calles y aparece Osvaldo Cruz. “De acá, dale tres cuadras para allá y llegás. Yo doblo en esta, cuidate”, dice mi ocasional guía. Sigo caminando por el asfalto, sobre el que se percibe un ambiente de barrio humilde. A lo lejos, veo mi destino.

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Pintadas sobre las paredes del barrio, con la cara del Padre Pepe.

Cada 7 y 8 de diciembre se celebra el Día de la Virgen de Caacupé, la patrona de Paraguay. A la parroquia de la villa 21-24 en donde se la venera, allí en la que estuvo casi 14 años el padre José María Di Paola (“Pepe”),  se acercan miles de devotos desde distintos lugares, dentro y fuera de la CABA. Este año no fue la excepción.

Llego y ya no se puede entrar a la Parroquia, no hay lugar. El grupo de fieles ocupa hasta al otro lado de la vereda, calle incluida. Se escucha desde adentro al Padre Toto ofrecer la misa folklórica en guaraní. La gente afuera responde. Mientras, algunos se tientan con un chipá, una vela con los colores de Paraguay, varios con el mate.

Minutos después de las 9, dos réplicas de la Virgen (una histórica y otra tradicional) son llevadas en dos andas fuera del templo, y así comienza las caravanas que recorrerán todo el Barrio hasta las 19, hora que volverán a la Parroquia.

Me uno a la peregrinación, nos aventaja un carrito con micrófono y parlantes desde donde los seminaristas se turnan para cantar y agradecer. A poco de comenzar, el panorama cambia: hay barro, cada vez más perros, cada vez más cables colgando. Los grandes galpones desaparecen y asoman las casas con paredes sin revoque, chapas, rejas, muchas rejas. Así, la villa lentamente deja ver sus entrañas.

 

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Quique arenga a los peregrinos desde el micrófono.

El itinerario suele repetirse: la caravana avanza a paso ligero, pero se detiene frente a las capillas, los comedores, el hogar de niños y el de ancianos, la casa de la familia que da clases de fútbol, el del apoyo escolar. “Acá padre, buen día”, suelen gritar los vecinos. Y ahí va el padre Toto o el padre Juan y bendicen la casa, la familia, el pequeño altar que forman frente a la puerta con velas, alguna imagen. Acompañan aplausos, algunos petardos.

Las veredas están decoradas con guirnaldas, globos, banderines. Doblamos en la esquina y aparece un puesto de Prefectura. Dos uniformados detienen a los peregrinos, uno de ellos pide sacarse una foto con la imagen. Seguimos. “Yo te seguiré, Jesús. Donde vayas, te seguiré”, reza la canción que todos cantan al unísono.

Cruzamos unas vías, el horizonte se vuelve un infinito vertical de ladrillos huecos. Los pasillos se angostan, las paredes parecen cerrar el paso, la calle se pone cuesta arriba. Un olor agrio empieza a acompañar la caminata. Son 63 hectáreas, la villa más grande y con más población de la CABA. “Es increíble lo que creció esto, antes esta parte era todo basural”, deja escapar atónita una de las integrantes de los exploradores, ese grupo de casi 1000 chicos, de entre 6 y 23, todos del barrio, que se juntan para hacer recreación, contención, apoyo escolar.

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El Padre Toto bendice a las familias a medida que avanza la caravana.

Hace calor y a esta hora aparecen familias enteras tomando tereré sentados en la puerta de su casa. Sí, puerta abierta. Muchos regalan galletitas a los peregrinos, otros los agasajan con helado, la mayoría ofrece bebida fría, y así las sonrisas  de jugo de naranja se multiplican. “Mirá, desde allá mismo me mandan”, dice una mujer que, acentuando la doble ele, me muestra su celular donde se aprecia una imagen de Caacupé.

Pasamos por la plaza donde recuerdan a Kevin El cansancio aprieta, la voluntad se tuerce, el olor se acentúa. Chapas, una cancha de fútbol y de pronto aparece: es un brazo del Riachuelo que se impone en el paisaje con su mugre, sus promesas incumplidas. Paramos en el santuario de la Medalla Milagrosa, a orillas nomás de aquella miseria.

Más adelante descansaremos en Itatí, donde nos ofrecen sánguches. Por esos pasillos peloteaba Juan Manuel Iturbe, aunque la historia del asentamiento es más antigua. Y aunque ya hay bastantes escritos sobre la villa 21-24, la Zavaleta, actualmente sigue siendo motivo de noticias.

Al padre Charly Olivero lo conocí en la Jornada 2014 de ACDE Joven, donde dijo que “la villa es un espacio de inmigrantes, el deseo de salir adelante”. Me lo vuelvo a encontrar en la Parroquia, donde trabaja. “Viste lo que es, una cosa increíble”, comenta sobre el barrio, su gente, sus costumbres paraguayas. Y luego sube al escenario a presentar al grupo de jóvenes del barrio que acude a aprender música. Más tarde llegarán Lalo y los descalzos, el Padre Pepe y el Obispo para celebrar la misa central de la Virgen.

Se termina el día, camino hasta la Avenida Vélez Sarsfield, donde espero el colectivo que pasará, solo 20 minutos después, por la puerta del Congreso, circulará por Avenida Las Heras y así… Pienso en lo que dijo Víctor Hugo, pienso en la realidad de los habitantes de la 21-24 antes de venirse al país, pienso en los estereotipos. Y mientras pienso, agradezco a la Virgen de Caacupé.

Texto y fotos: Gabriel Costa